Durante las últimas 24 horas me he visto expuesta a múltiples situaciones de violencia. Una de ellas directamente hacia mi, otras hacia amigas, otras hacia grupos a los cuales pertenezco y una última, de carácter físico y decisiva hacia una amiga cercana. Me molesta y duele reconocer que tuve que ver un acto de violencia físico para reaccionar a defender a alguien.
Tras el ataque que recibí el día de ayer, en presencia de otras personas, algo dentro mío quedó inquieto. No por el hecho de ser atacada, sino por el hecho de no haber hecho nada, no haberme defendido y también, debo decirlo, porque ninguno de los otros presentes lo hizo. Uno tras otro se sucedieron los otros actos de violencia, donde vi gente excusarse en "no querer meterse en problemas", "que para qué el desgaste de energía", "que no está bien", "que hay que ser comprensivos", que paz, amor, ley del karma y seamos evolucionados. Una creciente rabia se comenzó a apoderar de mi. Un conflicto interno me tuvo en un estrés emocional horrible durante todo el día.
Cuando el penúltimo acto de violencia sale a palestra (uno que lleva mucho tiempo gestándose, pero que por diferentes motivos hoy surgió y me afectó) me envaré y vomité mi rabia. Hablé: No puede ser, no es posible que estemos aguantando estas cosas. ¿Dónde están los límites? ¿Hasta donde vamos a permitir que se nos haga daño, a nosotros y a los que queremos? y no sólo a nosotros, sino a los proyectos que estamos llevando a cabo, a los movimientos que estamos generando para cambiar el mundo. ¿Cuándo decimos basta?
Estando en medio de esto, aparece la guinda de la torta. Violencia física. Me paró yo, se para alguien más y vamos a defender. Fue necesario un hecho de esa índole para lograr movilizarnos. Me avergüenza, me da rabia y sin embargo, me permite enmendar todos mis errores de las ultimas veinticuatro horas.
NO, no podemos permitirnos ser pusilánimes por culpa de un errado concepto de lo que es "correcto". Hay momentos y situaciones para todo, cuando toca defender se toman los escudos y, si es necesario, las armas. Estamos hablando de personas que saben perfectamente lo que están haciendo, personas que no podemos cambiar, que no van a escuchar razones y que están haciendo un daño real.
Hoy estoy en pie de guerra, porque es lo que toca. En pie de guerra hacia los que me atacan a mi, atacan mi familia, atacan a mis amigos, atacan mis ideales y proyectos. Estoy en pie de guerra hacia personas ciegas, estrechas, dañinas y violentas. estas son mis tierras, esta es mi casa, este es mi templo y ustedes no lo van a destruir.
martes, 31 de mayo de 2016
miércoles, 25 de mayo de 2016
Justicia de Brazos Caídos: El Derrumbe del Espíritu de la Ley
Todo comenzó cuando quise poner una demanda por acoso laboral en contra de mi jefe, Roberto Aspee, hace 4 años atrás. Llevaba un año aguantando sus malos tratos: Gritos, descalificaciones y comentarios peyorativos incluso sobre mi género o el hecho de que era rubia. Sin embargo, no me decidí a ir a la inspección sino hasta que me me hizo una evaluación donde me puso pésimas notas (En todos los items) y por ese motivo no se me pagó un bono de fin de año.
Entré a la inspección y ahí comenzaron mis verdaderos problemas. El primer comentario que recibí en la inspección fue "Hacer una demanda por acoso laboral es muy difícil, mejor denuncie por no pago de remuneraciones" (y fue esta la conclusión tras recorrer diversas oficinas, incluida la de una abogada de la misma Dirección del Trabajo). Sin saber yo nada de estos temas, decidí hacer caso. Puse la denuncia, lo que en lo personal no me sirvió de nada. Lo que yo quería era que se viera la subjetividad de la evaluación, que hablaran con alguien y pudieran comprobar que esas calificaciones no correspondían y que arbitrariamente se me estaba dejando sin una remuneración, lo que, a mi parecer, era acoso laboral. Sólo logre que fueran, revisaran mi contrato y multaran a la empresa por no tener mi contrato actualizado. Fail.
Después de esto pasaron un par de años en los cuales de una forma u otra evité el contacto con el Dr. Aspee, y sin embargo el ambiente fue empeorándose día a día, hasta llegar a bajas de sueldo, amenazas, descalificaciones profesionales sin argumentos, descalificaciones personales y múltiples episodios en los que se me hicieron acusaciones en frente del personal, los paciente y sus familiares, a los cuales yo sencillamente no contestaba. Lo bueno, pensaba yo, es que tenia registro de muchas de estas cosas. Así que secundario a un episodio particular, me dirigí nuevamente a la inspección del trabajo esta vez decidida a poner la demanda.
Al llegar, lo primero que se me dijo fue "Sin un informe de un psiquiatra no podemos poner una demanda". No me costó conseguirlo, pues a causa de más 4 años trabajando en ese ambiente laboral ya contaba yo con un psiquiatra y un psicólogo enterados de la historia, sin contar que una vez la misma ISAPRE me hizo peritaje por una licencia secundaria a acoso laboral y fue aceptada. Así que informe en mano, fui nuevamente. Logré poner la dichosa demanda, hablé con una nueva abogada y dejé el trámite cursado. Di nombres de testigos y las soluciones que yo buscaba: Que las evaluaciones no fueran hechas por él, que mi sueldo por tanto no dependiera de él y que me dejaran quedarme en el turno donde él no pasaba visita.
Un mes después de puesta la demanda, Roberto Aspee me desvincula de la empresa, coincidentemente. ¿Qué venía ahora? Yo poco sabía. Pero lo que debió haber sucedido es que la Dirección del Trabajo continuara la investigación, sin embargo la causa se desestimó PORQUE yo había sido desvinculada, en vez de considerarse como una consecuencia y un nuevo acto de acoso. Lo cierto es que de esto yo jamás me enteré, no me llegó notificación alguna y los mails que le envié a la abogada jamás fueron contestados. Mientras tanto yo ponía una demanda por Acoso Laboral por medio de tribunales.
Y es aquí donde mi sorpresa, hasta ahora presente pero no desbordada, llenó todos los espacios posibles. ¿Saben ustedes cuál era la primera conclusión de cada uno de los abogados (ojo, jueces y magistrados) a los que se le exponía mi caso? que yo había tenido una relación con el Dr. Aspee. Yo no podía creerlo, el nivel de discriminación, el nivel de empatía por lo demás, la forma de ver el mundo, la inexistencia de una real preocupación por la búsqueda de justicia. Pero era esto lo de menos. ¿Qué me importaba lo que pensaran los jueces mientras yo tuviera mi caso seguro, mis pruebas presentes, y mi propia convicción?
Pero entonces vino la segunda parte (mismos leguleyos que me metieron en la cama con el susodicho): "Los casos por acoso nunca se ganan" "los jueces van siempre a favor del empleador" "Ya nadie toma en cuenta estas demandas". Me quedé petrificada. La mayoría de ellos recomendaba hacer una demanda por otra cosa, nulidad del despido por ejemplo, pues así podría "sacar más plata". A estas alturas no me quedó más que confiar en le peso de mis pruebas. No iba yo a tribunales a "sacar plata", yo pedía que este hombre no afectara más la vida de los que seguían trabajando con el, quería que se hiciera un tratamiento, que no evaluara a mis compañeros y que reconociera su falta. Y también, ciertamente, que quedara registro en tribunales de su violación a los derechos fundamentales. Pero NADIE entendía esto. Otra vez la desesperanza, rondando los pasillos de los que velan por nuestra justicia.
Llegó el día de la primera audiencia y de entrada me encuentro con la carta de la Dirección del Trabajo desestimando mi causa en manos de los abogados de la Clínica Colonial (la cual yo nunca recibí) y a mi abogado diciendo que si ellos tenían eso, el juez iba a considerar la decisión de la inspección como mandatoria y no teníamos como ganar. De verdad yo no podía creerlo. Meses de stress se disolvieron ahí, en nada. Montones de pruebas reunidas y testigos no servían de absolutamente nada. Debo reconocer que el terrible monstruo de la desesperanza me comió ahí mismo y acepté la ridícula negociación que ofrecieron. Al día siguiente me arrepentí. Debería haberla rechazado y haber puesto la demanda de todas maneras, aunque la confianza en los tribunales fuera utópica, debería haber mantenido mis ideales hasta el final.
Soy una persona idealista, los que me conocen lo saben, durante los últimos meses he estado inserta en, al menos, dos mundos donde la desesperanza ha quebrado instituciones. El espíritu de la política, el espíritu de la ley, y muchos otros, se encuentran encogidos bajo enormes capas de "no se puede", y eso si que no puede ser. Hago un llamado a quienes dejaron sus brazos caer a volver a levantarse, a hacer las cosas como todos sabemos que deberían ser, sin miedo al fracaso, sin paralizarse por la desesperanza. Nos toca movernos, nos toca cambiar las cosas.
Este episodio sólo me dio más fuerzas, pues vi como yo misma caí ante el desaliento, y lo acepto, pero no quiero volver a sentirme así. No me conformo, no me paralizo.
Entré a la inspección y ahí comenzaron mis verdaderos problemas. El primer comentario que recibí en la inspección fue "Hacer una demanda por acoso laboral es muy difícil, mejor denuncie por no pago de remuneraciones" (y fue esta la conclusión tras recorrer diversas oficinas, incluida la de una abogada de la misma Dirección del Trabajo). Sin saber yo nada de estos temas, decidí hacer caso. Puse la denuncia, lo que en lo personal no me sirvió de nada. Lo que yo quería era que se viera la subjetividad de la evaluación, que hablaran con alguien y pudieran comprobar que esas calificaciones no correspondían y que arbitrariamente se me estaba dejando sin una remuneración, lo que, a mi parecer, era acoso laboral. Sólo logre que fueran, revisaran mi contrato y multaran a la empresa por no tener mi contrato actualizado. Fail.
Después de esto pasaron un par de años en los cuales de una forma u otra evité el contacto con el Dr. Aspee, y sin embargo el ambiente fue empeorándose día a día, hasta llegar a bajas de sueldo, amenazas, descalificaciones profesionales sin argumentos, descalificaciones personales y múltiples episodios en los que se me hicieron acusaciones en frente del personal, los paciente y sus familiares, a los cuales yo sencillamente no contestaba. Lo bueno, pensaba yo, es que tenia registro de muchas de estas cosas. Así que secundario a un episodio particular, me dirigí nuevamente a la inspección del trabajo esta vez decidida a poner la demanda.
Al llegar, lo primero que se me dijo fue "Sin un informe de un psiquiatra no podemos poner una demanda". No me costó conseguirlo, pues a causa de más 4 años trabajando en ese ambiente laboral ya contaba yo con un psiquiatra y un psicólogo enterados de la historia, sin contar que una vez la misma ISAPRE me hizo peritaje por una licencia secundaria a acoso laboral y fue aceptada. Así que informe en mano, fui nuevamente. Logré poner la dichosa demanda, hablé con una nueva abogada y dejé el trámite cursado. Di nombres de testigos y las soluciones que yo buscaba: Que las evaluaciones no fueran hechas por él, que mi sueldo por tanto no dependiera de él y que me dejaran quedarme en el turno donde él no pasaba visita.
Un mes después de puesta la demanda, Roberto Aspee me desvincula de la empresa, coincidentemente. ¿Qué venía ahora? Yo poco sabía. Pero lo que debió haber sucedido es que la Dirección del Trabajo continuara la investigación, sin embargo la causa se desestimó PORQUE yo había sido desvinculada, en vez de considerarse como una consecuencia y un nuevo acto de acoso. Lo cierto es que de esto yo jamás me enteré, no me llegó notificación alguna y los mails que le envié a la abogada jamás fueron contestados. Mientras tanto yo ponía una demanda por Acoso Laboral por medio de tribunales.
Y es aquí donde mi sorpresa, hasta ahora presente pero no desbordada, llenó todos los espacios posibles. ¿Saben ustedes cuál era la primera conclusión de cada uno de los abogados (ojo, jueces y magistrados) a los que se le exponía mi caso? que yo había tenido una relación con el Dr. Aspee. Yo no podía creerlo, el nivel de discriminación, el nivel de empatía por lo demás, la forma de ver el mundo, la inexistencia de una real preocupación por la búsqueda de justicia. Pero era esto lo de menos. ¿Qué me importaba lo que pensaran los jueces mientras yo tuviera mi caso seguro, mis pruebas presentes, y mi propia convicción?
Pero entonces vino la segunda parte (mismos leguleyos que me metieron en la cama con el susodicho): "Los casos por acoso nunca se ganan" "los jueces van siempre a favor del empleador" "Ya nadie toma en cuenta estas demandas". Me quedé petrificada. La mayoría de ellos recomendaba hacer una demanda por otra cosa, nulidad del despido por ejemplo, pues así podría "sacar más plata". A estas alturas no me quedó más que confiar en le peso de mis pruebas. No iba yo a tribunales a "sacar plata", yo pedía que este hombre no afectara más la vida de los que seguían trabajando con el, quería que se hiciera un tratamiento, que no evaluara a mis compañeros y que reconociera su falta. Y también, ciertamente, que quedara registro en tribunales de su violación a los derechos fundamentales. Pero NADIE entendía esto. Otra vez la desesperanza, rondando los pasillos de los que velan por nuestra justicia.
Llegó el día de la primera audiencia y de entrada me encuentro con la carta de la Dirección del Trabajo desestimando mi causa en manos de los abogados de la Clínica Colonial (la cual yo nunca recibí) y a mi abogado diciendo que si ellos tenían eso, el juez iba a considerar la decisión de la inspección como mandatoria y no teníamos como ganar. De verdad yo no podía creerlo. Meses de stress se disolvieron ahí, en nada. Montones de pruebas reunidas y testigos no servían de absolutamente nada. Debo reconocer que el terrible monstruo de la desesperanza me comió ahí mismo y acepté la ridícula negociación que ofrecieron. Al día siguiente me arrepentí. Debería haberla rechazado y haber puesto la demanda de todas maneras, aunque la confianza en los tribunales fuera utópica, debería haber mantenido mis ideales hasta el final.
Soy una persona idealista, los que me conocen lo saben, durante los últimos meses he estado inserta en, al menos, dos mundos donde la desesperanza ha quebrado instituciones. El espíritu de la política, el espíritu de la ley, y muchos otros, se encuentran encogidos bajo enormes capas de "no se puede", y eso si que no puede ser. Hago un llamado a quienes dejaron sus brazos caer a volver a levantarse, a hacer las cosas como todos sabemos que deberían ser, sin miedo al fracaso, sin paralizarse por la desesperanza. Nos toca movernos, nos toca cambiar las cosas.
Este episodio sólo me dio más fuerzas, pues vi como yo misma caí ante el desaliento, y lo acepto, pero no quiero volver a sentirme así. No me conformo, no me paralizo.
domingo, 22 de mayo de 2016
La Política es un Monstruo: El Ciclo Vicioso del Miedo
Como muchos, jóvenes y no tanto, por mucho años estuve atrapada por la idea de la impotencia de realizar cambios reales en el mundo político y por tanto, social. Básicamente desahucié la política y la abandoné a la espera (y esperanza) de su pronta muerte. Dejarse convencer por esta idea puede llevar por distintos caminos, el más frecuente, a mi parecer, es el de la indiferencia y la apatía. Están también las revoluciones, pero lo cierto es que es engañoso pensar que estas no forman parte de la misma política. Está el ataque, la violencia, que, hoy en día, ya nos dimos cuenta como sociedad que, sencillamente, no está bien. No importa hacia quien se ejerza la violencia, no importa a quien se golpeé o a quien se mate, si queremos cambiar la política, debemos partir por reconocernos todos como humanos, diferentes y dignos de respeto, porque si no partimos de esa base, lo que construyamos no será muy distinto de lo que reprochamos.
No siendo esto suficiente, esta idea de que la política es algo moribundo, no es más que una ilusión. la política, surge naturalmente en las sociedades, es la forma a través de la cual la gente se reúne y decide quienes van a ser como sociedad. La política no va a morir jamás, pero sus formas, sus conceptos y sus ideales, si.
Ponerse de pie, agarrando fuertemente los ideales, y mirar de frente este tremendo monstruo que es el mundo político es, ciertamente, intimidante. Te sientes como un niño con una espada de juguete de camino hacia una batalla real. Nuestra propia desesperanza como sociedad, nos ha convencido de que no somos capaces de hacer un cambio y ese peso, nos mantiene escondidos, sumergidos en nuestro propio metro cuadrado y con miedo hacia todo lo que es externo.
Tras mucho tiempo cansándome del como funcionan las cosas, e intentando hacer lo posible por mantener mi vida libre de las cosas que no me gustaban, llegué al punto de hartarme. Es como intentar tener tu metro cuadrado limpio en un basural: estás rodeado de basura igual, tienes el olor nauseabundo igual, las plagas están por todos lado igual y, eventualmente, va a llegar un camión y te va a tirar su carga encima alguna o varias veces. Así que decidí ir a ver si puedo transformar el basural en un lugar donde me guste vivir, en algo más.
Así fue como llegué a postularme como concejal. Mi mayor miedo era a cambiar, a dejarme corromper por este mundo que consideraba serpentino, y que lo es. Pero eso no sucede. Tras algún tiempo moviéndome por aquí, me he dado cuenta de que la gente no cambia, como mucho se potencian sus rasgos negativos. pero la gente “mala” de la política, ya era así de antes.
El lugar desde donde vino el golpe no me lo esperaba, el gran ogro contra el que hay que luchar, es la desesperanza. Mucha gente en política no quiere que se produzcan cambios, no les conviene que nuevas ideas surjan desde dentro y se hagan fuertes, y muchos de ellos tienen el suficiente poder como para ahogar cualquier intento tuyo de intentar realizar un cambio. Cuando tratas de moverte, de hacer algo y sencillamente no puedes, es brutalmente desesperanzador. No tirar la toalla en el camino y dejarse derrotar es casi de una porfía enfermiza.
Pero la ayuda viene de los lugares más impensados. Hay gente maravillosa también en estos mundos, personas que, a mi parecer, han aprendido a moverse sin ser vistos, han sobrevivido dentro de este mundo adaptándose a sus formas, pero sin renunciar en absoluto a sus ideales, lo que, debo decirlo, me parece súmamente inteligente y está a años luz de lo que yo con mi inocencia pueril puedo hacer. Pero ellos te ayudan, mucho, y te dan fuerzas para seguir y no caer en el pozo negro de la desesperanza.
Sigo creyendo que se puede y sigo intentando transformar este basural en un campo de flores, en una sociedad consciente y sin miedo, porque el miedo a ser quienes somos, el miedo a aceptarnos, nace de la política que hemos creado, de la sociedad que hemos creado, donde nosotros mismos seguimos aportando a nuestra propia discriminación. Una sociedad político cultural distinta, donde se nos acepte como somos, donde se nos respete sin importar nuestras diferencias, rompe el miedo, nos permite atrevernos a ser quienes somos y nos hace felices. Y es en eso en lo que creo.
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