Conversaba hace algún tiempo con un amigo sobre mi entrada a la carrera política. Yo le decía que me parecía que había que hacer algo, el me decía que la gente que pensaba como nosotros estaba llegando a masa crítica y que los cambios iban a suceder inevitablemente. Yo seguía pensando que"alguien" (¿yo?) debía hacer algo y que todos "ellos" que tenían esta actitud pasiva, "evasiva", según mi juicio, estaban en una posición cómoda.
Luego, pasado un par de meses, me di cuenta de que no importaba cuantas ganas tuviera de hacer algo, desde donde estaba, si quería hacer algo, debía adaptarme al sistema o hacer las cosas por fuera. Pertenecer al mundo político no daba ningún plus (para lo que yo buscaba claro) y el mundo político no podía ser cambiado, pues es una máquina muy grande, pesada y compleja, aunque también vieja. Tras un par de choques contra murallas, uno que otro pinchazo por la espalda y un par de mierdas develadas, renuncié a mi candidatura. A lo que siguió un receso.
Entonces, ¿hay otra forma de hacer las cosas? o ¿tenía razón mi amigo?
Hoy caminaba por Nueva York hacia el metro y me topé de frente con una pareja de turistas. Durante un momento, que no debe haber sido mayor a un par de segundos, la mirada de ella se encontró con la mía. Y la vi. Era una mujer hermosa y chispeante, una mujer tan válida como yo y tan distinta de mi a la vez. De pronto comprendí a todos mis amigos que se van de viaje por el mundo, que cambian de lugar para no morir ahogados, que vibran con percibir el cambio, con recorrer, sin destino. Ellos a los que durante todo este tiempo juzgué como "escapistas". No me pregunten como, pero es como si por un par de nanosegundos eternos me liberé de todos los juicios de mi historia y fui capaz de ver esa realidad, esa forma de ser feliz, esa forma de ser. Y era válida.
Era válida. Y de golpe volvieron todos los años de prejuicios, de "deber ser", de idealismo y sentí que esa forma de ser, aquella que toda la vida critiqué, por evasiva, poco comprometida, por acuosa, por cómoda, de pronto era amenazante. Porque era válida. ¿Y la mía?
Primero, ¿Era la mía real o sólo era la reacción a una vida de prejuicios aprendidos?. Segundo, si era real, ¿Por qué no me está dando saldos positivos? ¿Por que no estoy siendo feliz siguiéndola?
Luego me subí al metro y a mi lado se paró un señor mayor. Habían al menos tres personas que a mi juicio deberían haberse parado para ceder el asiento y ninguna lo hizo. Yo me enojé. Yo no hice nada. Luego vi algún otro par de cosas que me molestaron y que perpetuaron mi enojo. Y esa tan conocida sensación de estar en un mundo al que no pertenezco apareció. También la rabia por no hacer/decir nada. Y las ganas de escapar. La pregunta es ¿A cuál hacer caso? ¿Cuál acción te hace más feliz? ¿Hay una forma "correcta" de hacer las cosas?
Nos han enseñado a juzgar. Como si lo que hiciera el otro de alguna forma afectara el quien soy yo. Nos han enseñado a temer al mundo y a intentar controlarlo, a imponer nuestros juicios como ideales, morales o sentido común. Estamos tan atrapados en la idea de lo que "debemos ser", nacida de juicios aprendidos, de miedo a que el otro sea distinto a mi, de ideales y morales creadas en otros tiempos y no siempre con las mejores intenciones, que no tenemos idea de quienes somos.
Piensen sólo una cosa. ¿Hay alguna cosa que ustedes se priven de hacer sólo porque si lo hacen le dan "permiso" a otro de hacer lo mismo?
Nuestro nivel de miedo a lo diferente es brutal, no validamos nada distinto de nosotros, y eso sucede porque no somos capaces de validarnos a nosotros mismos.
El mundo es diverso, Tangananica y Tangananá, que ya verá cada quien cual le acomoda más.